sábado, 9 de mayo de 2015

indicador de parásitos en las tripas de un país con la imposibilidad de salir de la pobreza.oh!conspiracion de vacunas

El mundo según el Índice Gusano


Un nuevo indicador asocia la cantidad de parásitos en las tripas de los ciudadanos de un país con la imposibilidad de salir de la pobreza . John Lennon, propone mirar el mundo desde un nuevo punto de vista: el Índice Gusano. En el planeta, unos 2.000 millones de personas viven con gusanos en su cuerpo. Son parásitos que se alimentan de la sangre u otros tejidos de un individuo, monstruos que desfiguran, quitan el apetito o desatan diarreas letales. Los gusanos adultos colonizan el cuerpo humano y ponen miles de huevos cada día. Las personas infectadas son fábricas de futuros gusanos, que conquistan el entorno a través de las heces, generando un círculo perverso de enfermedad y pobreza.
“Creemos que la pobreza favorece las infecciones por gusanos, pero que también las infecciones por gusanos promueven la pobreza, a causa de sus efectos negativos a largo plazo en el crecimiento infantil, la salud de las madres y la productividad de los trabajadores”, explica Hotez, presidente del Instituto de Vacunas Sabin, una entidad sin ánimo de lucro que busca vacunas contra enfermedades olvidadas.
El nuevo Índice Gusano que propone Hotez se calcula dividiendo el número de personas de un país en riesgo de ser infectadas entre la población total. El pediatra tiene en cuenta tres enfermedades parasitarias: las helmintiasis transmitidas por el suelo, la esquistosomiasis y la elefantias.

conspiracion


El método de la vacunación nació como u intento valido para sanar a las personas, como en su momento lo fue la variolación, pero al igual que la primera su eficacia es discutible. La diferencia es que la vacunación es más fácil de implementar y es parte de un método médico que representa millones y millones de dólares.
Además de ser inefectivas, algunas vacunas causan efectos secundarios bastante serios que parecen ser minimizados por los medios periodísticos manejados por el imperio. Desde la aparición de las vacunas, enfermedades que antes eran raras se han convertido en comunes, como la dislexia, el autismo, el asma y los casos de SIDS. El doctor Andrew Wakefield, por ejemplo, documentó extensivamente la conexión que hay entre la incidencia del autismo en la población infantil y su relación con el daño cerebral causado por la MMR, la popular vacuna contra la rubéola.


El hombre que se operó su propio apéndice

El hombre que se operó su propio apéndice
hablando con su amigo Yuri Vereschagin, en la base de Novolazarevskaya. En 1961, durante una expedición a la Antártica, el cirujano ruso Leonid Rógozov se enfermó gravemente. Necesitaba una cirugía, y al ser el único médico en el equipo, se dio cuenta de que tendría que hacerla él mismo. En medio del invierno polar, Leonid Rógozov, de 27 años, comenzó a sentirse cansado, débil y con náuseas. Más tarde, empezó a padecer un fuerte dolor en el lado derecho de su abdomen. "Siendo cirujano, no tenía dificultad en diagnosticar una apendicitis aguda", dice su hijo Vladislav. "Era una condición médica que había tenido que operar muchas veces, y en el mundo civilizado es una operación de rutina. Por desgracia en ese momento él no se encontraba en el mundo civilizado. En cambio, estaba en medio de un desierto polar", explica. Rogozov hacía parte de la sexta expedición antártica soviética, en la que un equipo de 12 personas fue enviado a construir una nueva base en el Oasis Schirmach.
"Se enfrentó a una situación muy difícil de vida o muerte", dice Vladislav. "No podía esperar ayuda alguna, ni hacer el intento de operarse a sí mismo". No fue una decisión fácil. Rogozov sabía que su apéndice podía reventar en cualquier momento, y que si eso ocurría muy probablemente moriría. "Tenía que abrir su propio abdomen para sacar sus intestinos", dice Vladislav. "Él no sabía si eso era humanamente posible".
La cirugía Rogozov tomó su decisión: se iba a realizar una auto-apendicectomía antes de morir sin hacer nada. "No pude dormir en toda la noche. ¡Me duele como el demonio! Una tormenta de nieve azota mi alma, gimiendo como 100 chacales", escribió en su diario.
"Todavía no hay síntomas evidentes de perforación pero una sensación opresiva de presagio pende sobre mí... eso es todo... tengo que pensar en la única salida posible, operarne a mí mismo... Es casi imposible... pero no puedo simplemente cruzarme de brazos y darme por vencido". Rogozov elaboró un plan detallado de cómo desarrollaría la operación y le asignó funciones y tareas específicas a sus colegas.  Pensó en utilizar un espejo para poder ver mientras se operaba pero al final no lo utilizó. Escogió dos ayudantes principales para entregarles instrumentos, posicionar la lámpara, y sostener el espejo, en el que planeaba ver lo que estaba haciendo. El director de la estación también se encontraba en la sala, en caso de que alguno de los otros presentes se desmayara. "Era tan sistemático que incluso les dio instrucciones de qué hacer si él perdía la conciencia, cómo inyectarle adrenalina y practicarle respiración artificial", dice Vladislav. "No creo que su preparación haya podido ser mejor". El uso de anestesia general estaba fuera de toda cuestión. Rogozov fue capaz de administrar un anestésico local en su pared abdominal, pero una vez que hubiera hecho la incisión, el apéndice tendría que ser extraído sin más anestesia para poder mantener la cabeza lo más clara posible. "¡Mis pobres asistentes! En el último minuto los miré. Estaban ahí vestidos con las batas blancas quirúrgicas, pero más blancos que ellas", escribió Rogozov después. "También tenía miedo. Pero cuando cogí la aguja con la novocaína y me puse la primera inyección, de alguna manera entré en modo de cirugía, y desde ese momento no me di cuenta de nada más”. Rogozov tenía la intención de utilizar el espejo para ayudarse a operar pero encontró el punto de vista invertido más un obstáculo, así que terminó trabajando al tacto, sin guantes. Al llegar a la parte final y la más difícil de la operación, casi perdió el conocimiento. Empezó a temer que fallaría en el último trecho. "El sangrado era bastante pesado, pero me tomé mi tiempo... Al abrir el peritoneo, dañé el intestino y tuve que coserlo", escribió Rogozov. "Me setía más y más débil, mi cabeza comenzó a girar. Cada cuatro o cinco minutos descansaba 20 ó 25 segundos. La temperatura en la Antártica puede alcanzar los 80 grados bajo cero. "¡Finalmente aquí está, el maldito apéndice! Con horror noté la mancha oscura en su base. Eso significa que un día más y hubiera estallado... Mi corazón reaccionó y se ralentizó notablemente; mis manos parecían de caucho. Bueno, pensé, va a terminar mal y lo único que va a quedar es un apéndice extirpado”. Pero no falló. Después de casi dos horas había completado la operación, hasta la última puntada. Entonces, antes de permitirse descansar, instruyó a sus asistentes de cómo lavar los instrumentos quirúrgicos y sólo cuando la habitación estuvo limpia y ordenada se tomó los antibióticos y las pastillas de dormir. Fue un logro asombroso. "Lo más importante es que estaba aliviado porque tenía otra oportunidad para vivir", cuenta Vladislav. Rogozov volvió a sus tareas normales sólo dos semanas más tarde.